Por un pelo de rana calva.

Era un hermoso día de verano. Casi terminaba y habíamos decidido que sería interesante dar un paseo en busca de naranjas en la falda del cerro. 

 
Recuerdo que iban: Margarito, Abiud, Alejo y otro chico más. Aparte de mi obviamente. Alejo llevaba un morral para cargar lo que pudiéramos recuperar. El otro chico llevaba un machete y un gancho para jalar las hierbas y los matojos. 
 
Comenzamos nuestra incursión frente a la tienda de “pelón” –así solía llamar mi abuelita al dueño de la tienda. Había un camino donde acostumbraban meter algún vehículo. Era una parte poblada por pocas casas. Algunas de madera con techo de lámina y otras hechas de puro material –así llamamos nosotros al ladrillo y al cemento.
 
Por ese sendero podíamos bajar a un pequeño acantilado que existía entre las casas de esta parte y las faldas del cerro. Espacio en el cual discurrió en algún momento un pequeño arrollo.
 
Todo era verde. Pasto, árboles, y solo había algunas rocas de formas arrugadas y agudas que estaban esparcidas por ahí. El pequeño riachuelo se había secado hace algunos años. No sé cuantos, pero cuentan que alguna vez tuvo agua limpia corriendo por su cause. De lo de aquel río solo quedó un camino pedregoso que se llenaba de agua de cuando en cuando en los días lluviosos. 
 
Bajando hacia el río cruzamos un pequeño puentecito de madera. Al otro lado había una cabaña que parecía abandonada, pero alguien vivía allí. Crusamos el cause del río seco y no pude evitar sentir nostalgia por esa naturaleza muerta. Y no pude dejar de pensar en tódos los ecosistemas que se estaban perdiendo.
 
Comenzamos a avanzar por el costado izquierdo del cause en dirección al sur. Donde el arbolado cerro tenía los árboles frutales más suculentos.  A nuestro paso veíamos esporádicamente alguna pequeña choza. Alguna gallina corría por aca o por allá. En una vimos un cerdo amarrado por una pata a un tronco.
 
Llevábamos caminando algunos minutos y de pronto comenzamos a sentir hambre. Yo casi no hablaba nada, y no recuerdo exactamente lo que decían salvo cuando Alejo inició una idea absurda y estúpida:
“Y si matamos esa gallina que está allá” señaló a una gallina que andaba comiendo tranquilamente por ahí.
 
Yo sabía que eso no era buena idea, pero cometí el error de no impedirles actuar. Y como en tantas otras ocasiones sus actos nos llevaron a resultados desagradables.
 
El dueño de la cabaña o alguien de por ahí cerca liberó a los perros que cuidaban su propiedad. Primero escuchamos los ladridos. Nos sobresaltamos y volteamos hacia todos lados para ver qué era lo que estaba pasando. 
 
Ellos comenzaron a correr primero a la voz de “puto el último”.
 
El estomago se me encogió en una pequeña fracción de segundo y mi instinto de supervivencia me lanzó a una carrera por la integridad de mi trasero. Corrí como desesperado mientras cada perro se acomodaba a toda velocidad detrás de cada uno de nosotros. Perdí de vista a los demás. Yo corría y corría, echaba vistazos a la espalda y ahí seguí el animal. Cada vez más cerca, muy cerca. Sus ladridos, nuestros jadeos. ¿Donde están los otros?
 
Llevaba corriendo cien metros aproximadamente, y de pronto, el río seco me acorraló pues su cause era más profundo y solo había unas piedras grandes a mitad del mismo.
 
Sin pensar y sin saber que hacer, seguí corriendo. Me acerqué al borde y salté. Caí perfectamente sobre la roca que estaba a una distancia imposible para mi cuerpo de 12 años de edad. Yo jamás había realizado una cosa así. Quede tan asustado yo como mi perseguidor, que se quedo ladrando desde el borde donde yo di el salto imposible.
 
Mi corazón estaba acelerado y repasé inmediatamente lo sucedido. ¿Cómo lo hice? ¿Cómo? Es como si una fuerza o algo hubiera tomado el control de mi cuerpo y me hubiera impulsado de manera perfecta hacia la roca que me salvaría del canino enemigo.
 
En condiciones normales, hubiera sido catastrófico, hubiera resbalado y me hubiera roto algo, callendo hacia el resto de las rocas en el cause del río seco.
 
Pero algo había actuado ese día.
 
Me incorporé al resto del grupo. Todos estaban ilesos, pero tan pálidos como espantos.
 
Seguimos nuestro periplo. Llegando a una parte en la que el río hacía un intento por renacer y el agua que se filtraba de los ríos que corrían por debajo del cerro hacían una pequeña posa a la que en el pueblo llamaban la posa del cura.
 
Dejamos la posa del cura para seguir nuestro camino hasta un río un poco más grande y más fluido. Que se encontraba totalmente hacia el sur. La zona a la que ingresamos estaba llena de árboles muy altos y el acantilado de la izquierda se había hecho más alto hacia arriba y abrupto. Aún así, había casas.
 
Supongo que fue de allí de donde vino la primera roca que casi descalabra a alguno. Después de eso, comenzaron a llover con la cruel intensión de partirnos en cachitos las cabezas.
 
El caos de nuevo. Corrimos como siempre, en dirección al sur. Recuerdo que de pronto decidí correr y así lo hice. Al momento calleron dos enormes piedras donde estaba antes. Luego de correr y agarrarme de los árboles para equilibrarme decidí de pronto detenerme y justo a donde iban dirigidos mis pasos otra roca calló. Por un miserable pelo de rana calva aquel día no hubiera vivido para contarlo si no hubiera hecho caso a la vocecita que todos llevamos dentro: la intuición. 
 
Nuestro viaje siguió hasta su final en el nacimiento de otro río y bebimos del agua fresca que ofrece la naturaleza y nos llenamos de vida y nos recuperamos de todos los sustos. Continuamos unas horas más y después volvimos a casa por el camino civilizado, atravesando por el panteón.
 
El sol estaba poniéndose. Pero por alguna razón el miedo se había esfumado de mi cuerpo. Estaba seguro que Dios existía. No había falta más pruebas. Estaba vivo y mis amigos también.
 
Esto y lo que acabo de leer ayer. Un texto que se llama: “The fork on the road”. Habla acerca que el hombre tiene dos opciones para elegir. Puede guiarse por el intelecto común o puede guiarse por la intuición. Yo elegí aquel día guiarme por el último y sobreviví. Luego se presenta este prompt el día de hoy y me recuerda lo mismo. Olvidaré entonces todo rastro de miedo y seguiré adelante en esta vida maravillosa.
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